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Sobre autocuidado

Parece ser que los apóstoles le preguntaron a Jesús: «Maestro ¿debemos seguir alguna dieta especial para seguirte?» A lo cual parece que Jesús respondió:
«No preocuparos por lo que entre en vuestras bocas sino por
lo que salga de ellas.»

Desde hace algunas décadas podemos ver cómo se viene produciendo una auténtica eclosión de obras, de artículos, conferencias…,de pronunciamientos, de un lado y de otro, sobre la salud, el bienestar y sobre la felicidad. Hoy son muchas las voces que se suman para intentar que nuestra Humanidad, que todos y todas, tengamos la mejor vida posible. Por otra parte, tenemos unas condiciones de vida que se han tornado francamente difíciles para muchas personas en nuestro planeta. Hoy, además, asistimos a una pandemia de carácter planetario que, sin duda, debería llevarnos a la Reflexión acerca de nuestro modo de vivir y de la búsqueda de nuevas vías para una existencia más acorde con nuestra competencia como seres con capacidad de amar y capaces de reflexionar.

Para mí, el auténtico autocuidado debiera privilegiar el «trato humano», esto es, la forma en que nos tratamos y como contactamos unos con otros en cada momento. Es así que la base de una buena salud implica la calidad de la relación, de la interconexión entre las personas, pues al ser seres biológicamente construidos por y para la conexión con los demás, es de vital importancia preguntarnos por el «cómo» de nuestro modo de relacionarnos con nosotros mismos y con nuestros semejantes: tono de voz, mirada, gestos expresivos de la cara, lenguaje, posturas corporales, presencia…se convierten en verdadera «medicina» para el alma y el cuerpo -el propio y el ajeno-, o, por el contrario, se tornan en fuente de sufrimiento, dolor, daño en la convivencia.

La vida relacional cotidiana, las emociones que ponemos en juego en cada momento constituyen la principal fuente de cuidado de la propia salud y la de los seres con los que mantenemos vínculos cercanos y también con nuestro entorno laboral, nuestro barrio, nuestro pueblo…
La amabilidad, la afrontación de desacuerdos y conflictos de forma ecuánime, serena, la respuesta sosegada, la manifestación modulada regulada del dolor, del malestar, del enfado, la denuncia ante lo injusto y ante el error propio o ajeno…son esenciales como constructores de convivencia en armonía o en clave de lucha-defensividad. Nuestra responsabilidad primera, entonces, como seres de la consciencia, quizá sea velar-cuidar por el estado del ser-estar-pensar-emocionar y hacer en nuestra vida diaria desde una posición de Plena atención al vivir y al convivir. Llamamos «valores» a todas estas cuestiones que tienen que ver con la aceptación, el buen trato, la amabilidad, la cooperación, el apoyo mutuo, la solidaridad, el compañerismo, el trabajo en equipo… En mi opinión, no debieran ser proclamados como valores ideales, como utópicos, sino como facetas humanas de «primera necesidad», que desde la niñez debieran ser compartidas, inspiradas, vivenciadas en compañía de los demás, empezando por nuestros entornos familiares, las escuelas, el mundo del trabajo y la comunidad.

Sin embargo, es mucho lo que se nos dice sobre cómo obtener una vida más saludable, más longeva, cómo alimentarnos mejor, cómo conseguir mejores rendimientos en nuestros objetivos, cómo tener una vida más «exitosa», en definitiva, cómo cuidarnos mejor, con la «mejor» dieta, los mejores hábitos…el mejor tratamiento, la mejor medicina, hasta el mejor fármaco…

Mantengo que la medicina principal para el alma y el cuerpo está en cada uno/a de nosotros/as: son las competencias comunicativas de las que nos dotó la evolución hasta convertirnos en seres de la Consciencia (Homo sapiens-sapiens: el/la que sabe que sabe). Si queremos verlo así, se trata del «poder» de la emoción, del pensamiento, del gesto, de la palabra, de la forma que adopta nuestra presencia en el aquí-ahora de cada momento.
Se antepone la «tecnología» del bienestar, de la salud y se desplaza a un lugar secundario la fuente de salud primordial: la calidad del vínculo de la emocionalidad presente. Impera «lo tecnológico, parece ser, en todos los órdenes de la civilización, pero sin duda el riesgo es que diluyamos todo ese maravilloso potencial humano que difícilmente puede ser cuantificable, medible…, un potencial que es el resultado de un tiempo de «cocción» de un Sistema Nervioso sabio que se traduce en un cerebro y en un espíritu capaz mentalizar, de amar, de sentir compasión, llenos de curiosidad, ávido de paz de sosiego. Hoy, en tiempo de pandemia, no es el mejor momento para «olvidar» que es esencial para nuestra vida humana. No es el momento de dejar en manos de la tecnología nuestra integridad: ni vacunas, ni pantallas, ni proclamas de confinamiento, de distancias sociales, podrán llevarnos al fortalecimiento de nuestra salud, como tampoco sustituir el contacto cuerpo a cuerpo, cara a cara, la caricia, el abrazo, la mirada amorosa, el calor del contacto físico. Son, sobre todo «medidas defensivas» para una supuesta prevención. Quizá estemos ante «algo» que no se reduce a un nombre técnico (sarcov…), quizá estemos ante una situación en la que lo legítimo sea reflexionar acerca de lo que venimos considerando que debe ser vivir y lo que debe ser una civilización humana. No parece que sea casualidad que estén apareciendo escritos que nos traen a la mano prácticas milenarias, formas de enfocar la vida de una Humanidad ancestral que coexistía en estrecha relación con el medio natural, ¡eso sí sin las «comodidades» de las que disponemos!. En este sentido la plétora tecnológica no se está traduciendo en un auténtico bienestar para la Humanidad, pues está demoliendo el Hogar. Lo sepamos o no, lo queramos o no, es una oportunidad estelar para meditar-reflexionar sobre lo que son nuestras necesidades de desarrollo humano y para ello tenemos a la mano un saber privilegiado de la mano de las Ciencias biológicas, de las Neurociencias, de la Paleoantropología…entre otros saberes, que nos llaman a reconsiderar lo que entendemos como esencial para la salud y el bienestar. Al final, parece que la «buena vida» quizá se reduzca a algunos elementos básicos que poco o nada tienen que ver con lo tecnológico, pues están dentro de la piel y entre las personas.

Hoy, en lugar de las noticias que alientan el miedo y la defensividad, ante esta pandemia, lo que seguramente sería más idóneo es echar mano de cuanto tenemos como seres neomamíferos para fortalecernos mutuamente, echar mano de nuestra condición de seres reflexivos y hacer cuanto sea necesario para cuidar el Hogar planetario, respetarlo, renunciando conscientemente a tanta supuesta comodidad, a tanto deseo de tener esto o lo otro sin reparar en costes y valorar la vida en sí misma: desde el respirar, sonreír, pasear, jugar, conversar cara a cara, acompañarnos, aceptarnos y hacernos sentir seguros y seguras en la convivencia, pase lo que pase en el seno de la misma.


Es por todo ello que considero que estamos dejando de lado, muchas veces, todo aquello -mencionado más arriba- que de forma innegable fortalecería nuestro organismo de los pies a la cabeza, nuestro sistema inmunológico, nuestra mente…en momentos tan difíciles como este. Y que duda cabe que una alimentación más adecuada, el uso moderado de la medicina, conocer los nuevos hallazgos en torno a la salud, acudir a formas de sanación diversas que demuestran su efectividad, realizar prácticas milenarias como la Yoga, Mindfulness…, adoptar hábitos que sabemos que benefician la salud, como el ejercicio, cuidar de nuestro respirar, medir nuestra dedicación al trabajo y buscar un sentido-propósito a nuestra vida…son cosas que pueden acompañarnos magníficamente en nuestro devenir cotidiano, sin olvidar que cuando vivimos no lo hacemos en solitario, sino que pertenecemos a una red humana que da un sentido profundo a nuestro vivir y es por tanto ese estado de la convivencia lo que, para mí, es determinante, si hablamos de autocuidado.
Cuidar-respetar el vínculo y su calidad debiera constituir la médula espinal de nuestra Educación y nuestra formación humana. El medio material, las cosas que usamos como seres que viven en una postmodernidad, pueden facilitarnos la existencia, pero nunca podrán «engañar» a nuestra biología. Ésta parece precisar de algo insustituible.
Nuestra responsabilidad es -debiera serlo- respetarla. Hoy os invito a reflexionar sobre esta pregunta:

¿Qué es lo que verdaderamente necesito en mi vida como un ser humano consciente y reflexivo?
Que tengamos paz y auténtico bienestar
Que afrontemos el sufrimiento con serenidad y juntos/as
Que podamos reflexionar ante las dificultades presentes
Que podamos discernir qué es auténticamente necesario para la vida
Que seamos capaces de hacer lo necesario para cuidarnos y
cuidar nuestro mundo.

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