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Desaceleración

Hoy, ahora, nos preguntamos: ¿Hacia dónde vamos…?¿Hacia dónde llevamos nuestro vivir? En este difícil momento de «parada» de la frenética marcha de los días en nuestra civilización, quizá pueda ser una buena ocasión para reflexionar sobre el cómo de nuestro devenir diario, que parece adolecer de falta de sosiego, de serenidad, de paz al fin y al cabo. Estamos en cierta medida en una especie de «No Hacer»…respecto a nuestros hábitos bien instalados. Para quienes practicamos ejercicios de meditación (Mindfulness) estaríamos hablando de la posibilidad, en estos días de confinamiento, de re-instalarnos en el «Ser», en el «Sentir» y así acercarnos a las personas de nuestro entorno, a las cosas cotidianas con una mirada detenida, atenta, recalando en todos esos momentos por los que rutinariamente sobrevolamos sin detenernos a verlos, sentirlos más de cerca: cocinar, comer, caminar, ver amanecer, atardecer, contemplar nuestras plantas, árboles, las variaciones de la luz a lo largo del día…las caras de nuestros seres queridos, las pequeñas-grandes cosas de nuestro vivir, muchas veces inadvertidas.

Casi todas y todos somos conscientes de la situación tan compleja que vivimos, el grado de incertidumbre, la preocupación por nuestras vidas laborales y nuestra economía familiar, el riesgo de contraer este virus… Yo creo que más que luchar contra lo que sea este dichoso coronavirus se trataría de cuidarnos y cuidar, de cooperar y no alentar el espíritu de lucha. Se nos pueden presentar situaciones como esta, pues pertenecemos al mundo de los seres vivos. Las metáforas beligerantes, si bien pueden activar nuestro espíritu de «superación», comprometen la activación de nuestro Sistema Nervioso Simpático. Y a este respecto es conveniente tener en cuenta que podemos hiperactivarlo para, así, desembocar en la lucha-huida estresante, pues si bien es un mecanismo defensivo de nuestro Sistema Nervioso Autónomo, no es precisamente el mecanismo que debemos potenciar ante situaciones de dificultad, que precisan, en buena medida, lo que hoy reclaman autoridades sanitarias y políticas: colaboración, cohesión, calma y responsabilidad social: en definitiva la activación de las fuerzas sociales que nos constituyeron en Humanidad. Aquí y ahora, lo absolutamente conveniente es mantener un estado (en nuestro Sistema Nervioso) que nos permita la conexión con los demás, la cooperación y la serenidad. Es la hora, todo indica eso, de echar mano de nuestros recursos inteligentes -desde el punto de vista emocional- para tranquilizarnos, dejar de dar vueltas a las cosas y no «pelearnos» contra lo imposible de evitar, como es la presencia de un virus que nos obliga a confinarnos en casa. Necesitamos «desacelerarnos» por dentro y por fuera, pues están surgiendo otros desasosiegos que vienen a sumarse al malestar ya presente. Se trata del clima de exigencias acerca de la continuidad del trabajo, mediante la implementación intensificada de la tecnología digital. Así, por ejemplo, ya empieza a producirse desasosiego en educadoras/es por la continuidad del trabajo escolar, vía on line. En mi opinión, no es el momento de sobrecargar al medio familiar con esta cuestión. Si bien se trata de una sana intención de mantener conectados a niños y niñas, adolescentes con su responsabilidad escolar, es decisivo no perder la perspectiva sobre este asunto. El riesgo es involucrar a las familias en la multitarea…una vez más y en la cuestión escabrosa del tema «deberes escolares» y relaciones entre progenitores e hijos/as. El medio digital nos puede permitir la «conexión» y, en este sentido, podemos contar con una herramienta para el «contacto» entre familias-alumnado-educadoras/es, pero desde la calma, no desde la preocupación por los objetivos académicos. Sin duda, la experiencia colectiva que atravesamos requiere de la creación de un estado anímico que nos fortalezca en lugar de debilitarnos. Es el momento de estrechar vínculos y tratar de no colocar entre las personas «cosas» que, de nuevo, nos distancian, nos preocupan, nos desasosiegan. Todas las personas que operan en cualquier ámbito que comprometa relaciones humanas y que dirigen a los miembros de la comunidad, contraen la responsabilidad social de promover la serenidad de la que venimos hablando. Se trata de la responsabilidad de hacer cuanto sea necesario para que el sistema de amenaza del cerebro social no se hiperactive y ayudar, verdaderamente a los/as ciudadanos/as a afrontar del mejor modo posible las circunstancias presentes. En este sentido es lamentable la incapacidad que demuestran determinadas personas del ámbito político para suspender sus juicios, críticas y «abandonar» la lucha política en un momento de vulnerabilidad colectiva como la presente. Entiendo que «desacelerar» es lo que nos pide la situación-problema que nos toca vivir en este momento. Y al mismo tiempo ¿no puede ser una oportunidad para revisar, nuestra forma de vivir, nuestro ritmo de vida, nuestras metas, objetivos e inquietudes, nuestros automatismos colectivos, como el excesivo consumo de…casi todo? ¿Qué nos podría dejar «VER» este momento histórico que vivimos si como Humanidad nos parásemos a reflexionar sobre los posibles significados que dicho momento nos puede traer a la mano? ¿Qué nos podría decir este «virus» si pudiese hablarnos? ¿No hay otro posible modo de vida que no exija tanto a cada una a cada uno de nosotras/os, que no nos debilite tanto, que no nos preocupe constantemente y nos agote? Creo, sinceramente que hay otros modos de vivir que «están también aquí», en nuestro mundo, en pequeños grupos locales que están tratando de recuperar un modo de vida no ya más racional, sino consciente, vinculado más a lo próximo, a lo cercano, nutriendo las raíces del propio suelo que pisamos aquí-ahora… Eso que denominamos lo local, es la vinculación a espacios próximos que generan seguridad en nuestro emocionar, construyendo vínculos de apego «suficientemente buenos», frente a la dispersión generalizada que obliga tanto a nuestra Humanidad como a nuestro hogar, la Tierra, a esfuerzos decididamente extenuantes, agotadores y enormemente costosos.

Hablamos de «conexión» en la era digital y sin embargo reina la desconexión en muchísimas ocasiones, tanto en lo privado como en lo público. Para mí una pregunta crucial en este momento histórico de una postmodernidad en avanzada es: ¿No es ya la hora de diferenciar y discernir entre lo que verdaderamente necesitamos como seres vivos-humanos y lo que son nuestros deseos automatizados, promovidos culturalmente? Si sólo vemos, lo que está ocurriendo como una interferencia en nuestro modo de vida, como desastre -que en parte lo es-, que obstaculiza nuestras agendas de «asuntos importantes», como algo de lo que huir o contra lo que pelear para quitar de en medio el obstáculo para poder seguir viviendo este estilo de vida que hoy mantenemos, entonces no obtendremos una perspectiva más amplia que nos podría ayudar a corregir determinados hábitos y maneras de hacer, de comportarnos, que no suman a nuestra vida, sino que restan auténtico bienestar a la misma, creándonos estrés, agotamiento e individualismo, competitividad y malestar en las relaciones con los demás. En los momentos de crisis, lo difícil parece ser que es mantenernos en un estado de consciencia y atención plenas, pues es mucho lo que está en juego. Las reacciones automáticas son pésimas consejeras para afrontar las vicisitudes. Mantener «frío» nuestro cerebro límbico (nuestro cerebro emocional) es clave y este debiera ser nuestro cometido principal, para dejar espacio, desde ese «silencio» al que nos invita Rumi, poder ver, discernir acerca de lo que es auténticamente importante en nuestra vidas. Ahora que, prácticamente, casi nada podemos comprar, que no podemos viajar… ¿Qué es lo que podemos hacer? Algo me dice que podríamos -en esta desaceleración en marcha- SER…

“Vacíate de preocupaciones
¡Piensa en quién creó el pensaminto!
¿Porqué permaneces en la cárcel
si la puerta está abierta de par en par
Deshazte de la maraña de pensamientos temerosos.
Vive en silencio
Fluye y fluye
en ondas de existencia crecientes.”
 (Rumi)

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